El arzobispo de Santiago no alberga ninguna duda de que la sociedad solo será capaz de coger el rumbo adecuado si abraza con convicción la raíces cristianas. Tampoco tiene duda alguna sobre el papel fundamental que juega la Iglesia en la labor de ayudar a los más necesitados, más visible en estos tiempos de crisis, por lo que en absoluto piensa que se trate de una institución en decadencia. Todo lo contrario, afirma, y confía mucho en el papel que juegan los sacerdotes jóvenes para afianzar ese papel.Usted ha repetido en numerosas ocasiones que la crisis que padece el mundo es tan moral como económica y que para superarla habrá que bucear de nuevo en las raíces del cristianismo. ¿Basará en este mensaje su ofrenda al Apóstol el 25 de julio?Estoy convencido de que la crisis que padecemos es sobre todo crisis de valores morales. Ésta ha tenido como consecuencia una crisis económica que está afectando a tantas personas de forma, a veces, dramática. En este sentido haré alguna referencia en la Homilía. Sabemos que la Iglesia, como "sal de la tierra y luz del mundo", no da órdenes al mundo pero tiene respuestas para ayudarle a salir de su desorientación. Pese a no ser Año Santo, cada día Compostela recibe riadas de hasta 1.500 peregrinos. Muchos, además, afirman venir por convicciones de tipo religioso. ¿Qué opina de esta tendencia? ¿Cree que algo está cambiando en la sociedad europea y que puede dar comienzo una etapa más espiritual?La afluencia de peregrinos es constante y numerosa. Sin duda es también una consecuencia de la peregrinación que hizo el Papa Benedicto XVI, que tanto relieve le ha dado al significado espiritual de la peregrinación. Por otra parte, es verdad que el hombre de nuestros días sigue buscando el sentido a su existencia en medio de un proceso de despersonalización y descristianización. Siente necesidad de una espiritualidad que le haga ver la dimensión transcendente de su vida. Considero que se están viendo signos a través de los que se percibe que algo está cambiando para superar el relativismo y el secularismo, que ahogan las inquietudes más nobles de la persona y que le impiden vivir la libertad y la verdad. La peregrinación jacobea ayuda a ese encuentro con Dios, con los demás y consigo mismo.
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