Así convoca la madre Iglesia a sus hijos en este tiempo establecido para purificar el espíritu y crecer en vida cristiana. Se trata de lucrar los inmensurables bienes producidos por la pasión muerte y resurrección de Jesucristo, Señor nuestro.
Este es el tiempo en que llegas /Esposo, tan de repente, / que invitas a los que velan / y olvidas a los que duermen.
Al hacer la celebración anual del Misterio Pascual, en la primera Iglesia se sentía la necesidad de prepararse con especial combate espiritual; el Señor inculca ya a sus seguidores las tres “armas”: oración, limosna y ayuno (“Cuando hagas limosna… Cuando recéis…Cuando ayunéis (cfr Mt 6,1 y ss.). En el siglo IV se generaliza la costumbre de preparar la Pascua remembrando el símbolo de la cuarentena bíblica de Moisés, Elías, y -sobre todo-, para asemejarse al Señor -orante y penitente-, que pasó cuarenta días en el desierto, rematando con su victoria sobre el diablo, para darnos ejemplo. Con su “pico de oro” -en el siglo V- San Juan Crisóstomo enseñaba a los fieles de Antioquia: “Del mismo modo que, al final del invierno, cuando vuelve la primavera, el navegante arrastra hasta el mar su nave, el soldado limpia sus armas y entrena su caballo para el combate, el agricultor afila la hoz, el peregrino fortalecido se dispone al largo viaje y el atleta se despoja de sus vestiduras y se prepara para la competición; así también nosotros, al inicio de este ayuno, casi al volver una primavera espiritual, limpiamos las armas como soldados; afilamos la hoz como los agricultores; como los marineros disponemos la nave de nuestro espíritu para afrontar las olas de las pasiones absurdas; como peregrinos reanudamos el peregrinaje hacia el cielo; y como atletas nos preparamos para la competición despojándonos de todo” (Homilía 3).
En este singular tiempo, enseña la Iglesia -año tras año- a ir tras los pasos del Señor, para parecerse a Él, para peregrinar interiormente hacia Aquél que es la fuente de la misericordia; para contemplar al que traspasaron y educar el corazón en el amor de Dios. Es ahora el tiempo de la gracia para desintoxicarse del pecado…, por eso, tiene aquí su mejor asiento la práctica de la confesión frecuente, ¡el sacramento de la alegría!
Importa abundar en hechos, en obras de desprendimiento, de generosidad hacia los demás, de penitencia interior y exterior, con intensos ratos de oración… Él, no desatenderá un corazón contrito y humillado. Así se alcanza gracia: para renovar las promesas bautismales, para estar más a la escucha de la Palabra de Dios, para ser llevados a los gozos pascuales por la rica liturgia cuaresmal.
El Papa -en mensaje para esta Cuaresma 2015-, quiere que la vivamos como un camino de formación del corazón. Con el lema: “Fortalezcan sus corazones”, Francisco, llama a estar alerta y combatir la indiferencia. Que cada cual aproveche este itinerario hacia la Pascua para: “Ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia. Tiempo propicio -nos dice- para mostrar interés por el otro”, ya que “sólo Jesús cura los celos y el odio que siembra el demonio”. Y anima a implorar al Corazón de Jesús: ¡Haz nuestro corazón semejante al tuyo!
Cuando Jesús vio llegada su hora, y se dirigió con decisión hacia Jerusalén para sufrir su pasión y muerte, su madre, María, le siguió con fe total. A lo largo de los días de esta Cuaresma, pídele a ella con el poeta: Déjame hacer junto a ti / ese augusto itinerario…Clávame tus siete espadas / en esta carne baldía…A ti, hoy maestra de dolores / te ofrezco pulcra rosa / las jornadas de esta vía.
Jomigo
Jomigo

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