LA MAESTRA
Ella consiguió que aprobasen Matemáticas quienes odiaban la asignatura. “Callarvos, sentarvos y estarvos quietos”, decía Miti, con guasa y cariño, al entrar en clase. Dicen que le ganó a dos enemigos en su colegio: a la ignorancia de los alumnos y al mal. “Sed buenos, para ir al cielo; que los malos van al infierno”. Y se intentaba.
La autoridad de Mitise basaba en la pedagogía de “fray ejemplo”. Ella iba por delante en dedicación a su materia y a los estudiantes, a quienes conocía muy bien. Apreciaba ambas cosas. Lo que se aprende con los buenos profesores, no se borra fácilmente. Su enseñanza, se incorpora a la vida personal y se convierte en roca firme.
Jesucristo tiene esas dotes de Maestro vocacional, no de funcionario. No se ahorra preocupaciones por unos alumnos a los que conoce con amor de predilección. San Pablo nos anima a responder con “dedicación exclusiva” a ese afán. Un buen maestro explica sin rendirse, corrige, quita el miedo y saca lo mejor de cada escolar.
En una de aquellas “Escuelas-Hogar”, nacidas en 1965, que ayudaron tanto a una población ultra diseminada, unas maestras pusieron en conocimiento de las autoridades a un conductor de autobús que no utilizaba asientos (entre otras “cutreces”) para transportar a los niños. Y podía. “¡¡¿¿Quen foi a piiiiiiiii que me denunciou??!!” Gritó al enterarse. Al asomarse los padres, hermanos mayores, vecinos y profesores, para arropar a las maestras, comprendió que su endurecido corazón le había traicionado.
Cuando el Maestro enseña bien, prepara y guía con autoridad. Libera del mal.
Ella consiguió que aprobasen Matemáticas quienes odiaban la asignatura. “Callarvos, sentarvos y estarvos quietos”, decía Miti, con guasa y cariño, al entrar en clase. Dicen que le ganó a dos enemigos en su colegio: a la ignorancia de los alumnos y al mal. “Sed buenos, para ir al cielo; que los malos van al infierno”. Y se intentaba.
La autoridad de Mitise basaba en la pedagogía de “fray ejemplo”. Ella iba por delante en dedicación a su materia y a los estudiantes, a quienes conocía muy bien. Apreciaba ambas cosas. Lo que se aprende con los buenos profesores, no se borra fácilmente. Su enseñanza, se incorpora a la vida personal y se convierte en roca firme.
Jesucristo tiene esas dotes de Maestro vocacional, no de funcionario. No se ahorra preocupaciones por unos alumnos a los que conoce con amor de predilección. San Pablo nos anima a responder con “dedicación exclusiva” a ese afán. Un buen maestro explica sin rendirse, corrige, quita el miedo y saca lo mejor de cada escolar.
En una de aquellas “Escuelas-Hogar”, nacidas en 1965, que ayudaron tanto a una población ultra diseminada, unas maestras pusieron en conocimiento de las autoridades a un conductor de autobús que no utilizaba asientos (entre otras “cutreces”) para transportar a los niños. Y podía. “¡¡¿¿Quen foi a piiiiiiiii que me denunciou??!!” Gritó al enterarse. Al asomarse los padres, hermanos mayores, vecinos y profesores, para arropar a las maestras, comprendió que su endurecido corazón le había traicionado.
Cuando el Maestro enseña bien, prepara y guía con autoridad. Libera del mal.

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