José Manuel Domínguez Prieto, doctor en Filosofía, padre de familia y miembro de Equipos de Nuestra Señora (ENS), así como autor de numerosas publicaciones sobre filosofía, antropología y educación, apostó este martes por una “educación evangelizadora” que proclame a Cristo resucitado y acompañe a las personas en su proceso de maduración. Así lo indicó en su intervención en el curso de actualización teológico-pastoral “El reto de la fe y el desafío de la nueva evangelización”, que organiza el Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas (ISCCR). “Sociedad, familia y escuela ante la emergencia educativa”, era el título de la conferencia de Domínguez Prieto, quien comenzó su intervención describiendo los “rasgos antipersonalistas” de la sociedad en que vivimos.
A su juicio, estos rasgos “dificultan la educación”, ya que no valoran la dignidad de la persona, dificultan su crecimiento en plenitud y oscurecen el sentido de su existencia. Así, indicó que estamos en una cultura consumista, en una sociedad anestésica, narcisista, en la que parece no haber necesidad de Dios y en la que prevalece “el estar conectado frente al hecho de comunicarse”.Ante todas estas realidades se ha proponer, en opinión de Domínguez Prieto, el valor de la educación como “acontecimiento antropológico”, tal y como explicaba Edith Stein. “En la educación”, dijo, “lo importante es que hay un encuentro personal, que busque la promoción integral y sepa acoger al otro para decirle: tú me importas”.
Para Domínguez Prieto, la auténtica educación es la entrega, “la donación de uno mismo”, por parte de todos los agentes educativos: familia, profesores, catequistas, etc. Palabras clave en este acontecimiento antropológico que es la educación, como verdadero encuentro de diálogo entre personas, son: escuchar, despertar, responder, acompañar, confiar y, sobre todo, “amar al hijo o al alumno”. “Hay que ofrecerles a los alumnos”, añadió el profesor Domínguez Prieto, “grandes propuestas e ideales” y “sólo Cristo colma esas necesidades que tienen los jóvenes de afianzar su identidad, encontrar sentido a su vida, sentirse integrados en la familia, la escuela o la sociedad y avanzar hacia su plenitud como personas”.
“La educación”, resumió, “debe ser evangelizadora”, al tiempo que reclamó de los educadores “testimoniar con alegría la valía de la persona y la importancia de la fe, en un diálogo amoroso que transforme el corazón”.

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