“¡Tsss, tsss, tsss!”. Desde que
salió al mercado el “3 en 1”, se puso de moda una manera nueva de explicar la
Santísima Trinidad. Pero el concepto de “3 usos y un mismo aceite”, como
cualquier otra imagen, resultaba insuficiente. Ya San Patricio había patentado,
con cierto éxito, la figura del trébol. Las tres llamas de un fuego, etc.
La verdad es que, a pesar de ser 3,
no se lograba romper la idea de un tipo
serio; tal vez múltiple, sí, pero habitante pintoresco de una isla desierta,
con demasiado tiempo para aburrirse. Por eso, cuando alguien prendió en
nuestras cabezas el pensamiento de Dios familia, sucedió un pequeño salto de
calidad: vida, jaleo, amor,
desvivirse, perdonar, aceptarse, comprender, animar, unión, colaboración,
afrontar juntos… Mejor.
A lo largo de la historia nos hemos
fabricado un montón de caricaturas de Dios: primer
motor; alguien con quien cumplir;
un ser espiritual, por encima de las nubes y de nuestras cosas; una máquina de atender peticiones; un abuelete, etc., etc. Decía Mons. Romero:
nuestro Dios es el Dios de Moisés (único y vivencial, que conduce nuestra
historia), Dios de Jesucristo (la entrega que Él vive, implica mucho más que
tener fe), Dios de Pablo (se ha hecho posible la comunión con Dios y entre la humanidad).
“¡Oye, Fulano!, ¿puedes ayudarme a
llevar estas maletas? ¡Pesan muchísimo, no puedo con ellas!”. “Mmmm…Va a ser
que no. Sorry! Pero tú, ¡ofrécelo!”.
La familia “Dios” disfruta invitándonos a vivir su propia entrega y
generosidad. Es otra cosa.
Manuel A. Blanco Vázquez, Director de Comunicación
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