
Hace años, en
una visita domiciliaria, un amigo descubrió algo muy bonito entre sus padres y
quiso hacerme partícipe. “Vas a ver. Hablaremos con cada uno por separado”.
Bajamos al garaje con su padre, llevando las maletas. La familia se marchaba de
vacaciones al Mediterráneo.
“Así que por
fin nos vamos, papá…” La mecha que encendió mi compañero no tardó en prender:
“Sí, hombre, sí. Es un poco lejos, pero a tu madre le viene muy bien. Otro
lugar; sitio para ti y tus hermanos; buen clima, etc. Necesita desconectar”. El
colega me guiñó el ojo. Parecía que el interesado era el padre y, su mujer, la
excusa.
Enseguida
subimos a casa, dejando al cabeza de familia en el garaje. La escena se repitió
con la madre: “Todo listo en el coche, mamá. Ya tenías ganas de vacaciones,
¿verdad…?” “¿Por mí, hubiera quedado. Menos trabajo. Pero veo a tu padre
ilusionado. El calor le sentará muy bien. Es un buen sitio para que disfrute de
sus hijos”.
Este
espabilado amigo y yo chocamos palma con palma; como si él hubiese encestado
con una asistencia mía frente a los Celtics
de Boston. Llegamos a la conclusión de que una madre siempre es más perspicaz y
sufridora que un padre. Pero resultaba precioso ver cómo ambos pensaban antes
en el bien del otro que en el propio.
Nos hemos
acostumbrado a tomar decisiones basadas en el “me apetece”. Cabe descansar al
ritmo de los gustos personales. Con una condición: sin egoísmos. La sociedad de
consumo cometió un error al perseguir su bienestar: expoliar el planeta hasta dejarlo
seco. Nuestro descanso no puede conducirnos a parasitar o saturar a otros.
En vacaciones,
como en cualquier otra época, siempre hubo quienes se olvidaron de sí mismos
para darse a los demás. Con ellos, la alegría.
Manuel A. Blanco Vázquez, Director de Comunicación
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