Muchos de los peregrinos y periodistas ya habrán emprendido el camino a casa. Otros, me consta, quedan aquí, entre otras cosas porque están esperando a la traca final: la foto del sábado 23, cuando Papa Francisco irá a Castel Gandolfo a visitar y comer con Benedicto XVI... O simplemente, también, por una razón tan ridículamente práctica como que tienen pagos los alojamientos para unos cuantos días más y Roma no deja de fascinar (y proporcionar información, recordemos que no sólo estamos en proceso de cambio de gobierno en el Vaticano, también en el Quirinal).
Como uno de los que tuvimos el privilegio de poder participar esta mañana en la Eucaristía, que para eso tuvieron la decencia amabilidad de suspendernos las clases, me resulta difícil expresar lo que hemos vivido. Ver no vimos nada (los sacerdotes que distribuíamos la Comunión estábamos en un lugar que no había pantallas), es cierto, y a ese nivel se habrán percatado mucho mejor los que han podido seguirla por TV. Yo, de hecho, aún no he tenido un rato libre como para verlo en diferido (que mañana sí hay clase y había que recuperar el tiempo "perdido"). Pero aún así, ha sido una experiencia única por la que tanto yo como los que estábamos allí tenemos que dar muchísimas gracias a Dios, siendo conscientes del privilegio que supone vivir acontecimientos de tanta densidad eclesial. No sólo lo de hoy por la mañana, sino los de todo este mes y medio.
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