
El semáforo se había puesto en verde y comencé a
circular. El motor pedía ya la tercera marcha, cuando me fijé en el carril
derecho: “Lo va a hacer. Lo va a hacer.
Espera detrás del autobús, pero ¡verás cómo se mete…!” Profecía acertada.
Los neumáticos estamparon su firma en el asfalto.
En ese momento, la conductora miró y me vio, con lo cual
pudo frenar también. El tiempo se paró durante, al menos, treinta segundos.
Esta vez, pellejos, carrocerías y
aseguradoras nos habíamos salvado. La piloto pidió disculpas, pálida y
asustada. Le agradecí el gesto. A Dios también. Luego pudimos reemprender la
marcha.
Aunque el despiste o el tortazo pueden pasarle a
cualquiera, mirar primero, antes de cualquier maniobra, resulta decisivo. Se
llega a controlar casi el 80%de las situaciones. Se evitan apuros y
decepciones. La fe no vende cupones en un quiosco de la ONCE: algo ve. Dios actúa
cada día. Es posible descubrirlo. Primero, hay que fijarse.
La Revelación nos ha dicho muchas cosas. El mensaje de Jesús
ha llegado de un modo suficientemente aprovechable. La fe ayuda a percibir de
otra manera el mundo, confiando en Dios, que no engaña. Amplía nuestros
conocimientos, aspiraciones, deseos y esperanzas. Es el modo de mirar primero,
para no perderse lo que de verdad importa.
Manuel A. Blanco Vázquez, Director de Comunicación
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