HOMILÍA de nuestro ARZOBISPO en la CLAUSURA del AÑO SANTO COMPOSTELANO

Publicado por Silvia Rozas El 31 diciembre 2010 0 comentarios

“¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad a todas las edades!” Al clausurar este Año Santo Compostelano, no debemos callar cuando hemos visto la misericordia de Dios con nosotros, reconociendo que “el cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura” . Muchas han sido las personas, niños, jóvenes y adultos, que de la mano del Apóstol Santiago se han acercado al Señor para hablar con Él en la celda interior de su alma. Con ellas en una sola fe celebramos esta Eucaristía confiados en que este Año Santo ha contribuido a purificar la fe, revitalizar la religiosidad y renovar la vida cristiana. Aquí han llegado peregrinos de todo el mundo para confesar su fe en el Dios Trinitario. La Iglesia les ha acogido animándoles a ser testigos del amor de Dios en la familia, en la sociedad, en el mundo de la cultura y en la profesión laboral con un estilo de vida cristiana que brilla por la verdad que nos hace libres y la caridad que se manifiesta en la bondad. Este convencimiento nos lleva a proclamar la grandeza del Señor y alegrarnos en Dios nuestro Salvador, conscientes de que “el cristianismo es la religión que ha entrado en la historia”. Nos lo indicaba bellamente el peregrino por excelencia en este año, Su Santidad Benedicto XVI al decirnos: “Somos, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad” .

¡A Ti, oh Dios, te alabamos! Cuántas personas han llegado con las partituras de sus vidas incompletas unas, con notas disonantes otras, pero después todas armoniosamente interpretadas en la clave de la gracia. La fidelidad y la misericordia de Dios han aparecido realizando la salvación de manera providencial en este Año de gracia. A pesar de nuestras infidelidades Dios guarda su Alianza eternamente, pues “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). En la cotidianidad de nuestra vida comprobamos que “nuestros únicos méritos son la misericordia del Señor. No seremos pobres en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia de Dios es mucha, muchos son también nuestros méritos” (San Bernardo de Claraval), pudiendo decir con San Agustín: “Tan grande es la condescendencia de Dios para con nosotros que ha querido que constituyan mérito nuestro incluso sus mismos dones”.

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