VIGILIA por la VIDA NACIENTE en la CATEDRAL

Publicado por Miguel Castaño El 29 noviembre 2010 0 comentarios
Nos hemos reunido en esta noche para rezar por la vida naciente. Estos días estamos asistiendo al debate sobre la eutanasia como también sobre el aborto en el que se ponen de relieve grandes eufemismos en los términos que se están utilizando. “La aceptación en la mentalidad, en las costumbres y en las mismas leyes es señal evidente de una peligrosísima crisis de sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre sin ceder a los compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño” (EV 58).
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Un cristiano no puede conformarse a unas leyes que en si son inmorales. “Los católicos tienen la precisa obligación de oponerse a toda ley que atente contra la vida humana”. El Papa Juan Pablo II en la “Evangelium Vitae” es meridianamente claro cuando dice: “Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para si mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo” (EV 57).
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El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas. Estamos llamados a defender la cultura de la vida ante quienes propugnan la cultura de la muerte. Ya el salmista se pregunta: ¿Qué es el hombre para que te acuerde de él?, intuyendo la dignidad de la persona humana. Lo sublime de la vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana, incluso en su fase temporal. Los creyentes en Cristo debemos defender y promover el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término natural, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. Es Cristo, el Nuevo Adán quien manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Él se ha unido en cierto modo con todo hombre, se hizo verdaderamente uno de los nuestros. En este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único, sino también el valor incomparable de cada persona humana. El misterio del nacimiento de Jesucristo es el gran sí de Dios a la vida humana. Dios ama todo lo que ha creado, pues no crearía lo que no ama.
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El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona humana y el Evangelio de la vida son el único e indivisible Evangelio. “Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad de la persona humana como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo…, todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador” (GS 27). Esta página del Concilio sigue teniendo dramática actualidad. “El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana”. La Iglesia y los que la formamos sentimos el deber de dar voz con inalterable valentía a quien no tiene voz, haciendo una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y al mismo tiempo una llamada acuciante a todos y a cada uno en nombre de Dios para respetar, defender, amar y servir a la vida, a toda vida humana.
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Fotos: Miguel Castaño
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Hemos de celebrar el Evangelio de la vida, al Dios que da la vida en la oración, en la liturgia, en los sacramentos, en el amor por los demás y en la entrega de uno mismo. Hemos de hacernos cargo de la vida de los demás, de todos, promoviendo la cultura de la vida, porque como pueblo de la vida somos los guardianes de nuestros hermanos. Caín ante la pregunta de Dios por su hermano Abel, le contestó: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Sí, nosotros somos los guardianes de nuestros hermanos. No podemos vivir nuestra fraternidad en la cultura de la muerte. Tampoco podemos vivirla sin preguntarnos quien es nuestro Padre. Él es el Dios de la vida. Afianzar una nueva cultura de la vida es edificar una auténtica civilización de la verdad y del amor.
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Nuestra vigilia de oración, uniéndonos al Papa y a tantas personas que esta tarde noche se han reunido para orar por la vida, quiere ser un grito que se eleva a Dios Padre, dador de todo bien, con el fin de que toda la vida humana sea respetada, protegida y amada.
D. Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela
Vigilia por la Vida Naciente - Año Santo Compostelano 2010

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