en La Voz
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. . A unos pocos metros de la imponente torre que en medio de la Terra Chá recuerda otros tiempos, en la casa familiar de su Vilalba natal, descansa estos días, como tiene por costumbre, el presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela. Y mañana, a primera hora, estará en la muy literaria y a la vez muy levítica ciudad de Mondoñedo -una de esas antiguas capitales de provincia que mantienen viva la magia que les permite parecer de día y de noche la cabeza de un reino entero-, para celebrar las bodas de oro de su ordenación. Para conmemorar su medio siglo de sacerdocio, vaya.
.Un cincuentenario que si bien es cierto que ya dio pie para que en Madrid, de cuya diócesis es arzobispo, se le rindiese un multitudinario homenaje recientemente, adquiere en Galicia unas connotaciones bien distintas, puesto que será ahora, en la catedral mindoniense y en el seminario en el que Rouco primero estudió y en el que después fue profesor, donde el cardenal se reencuentre con las piedras y los libros, y en buena medida con las gentes -los muros y la letra impresa siguen donde estaban, pero las personas soportan peor el paso del tiempo...- que le señalaron el camino hacia lo que es: uno de los más influyentes cardenales de la Iglesia.
.Un prelado gallego del que Benedicto XVI, uno de los grandes intelectuales de nuestro siglo, valora en especial, al igual que su antecesor, Juan Pablo II, una cualidad que por desgracia ya no está de moda: la lealtad. Su fidelidad insobornable a una visión del mundo de la que nació la Europa que tenemos. Formado como canonista en Alemania, su imagen pública no se corresponde con su verdadero carácter. Pero no intenta parecer simpático. Prefiere decir lo que piensa. Negociador infinitamente más hábil de lo que por lo general se cree, no siempre ha acertado. Pero ya la historia dirá quién es realmente el cardenal Rouco Varela.

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