DOMINGO XIX del Tiempo Ordinario

Publicado por Javier de Montse CCaná El 08 agosto 2009 0 comentarios
En aquel tiempo, criticaban los judíos a Jesús porque había dicho «yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo:
«No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que me viene de Dios: éste ha visto al Padre. Os aseguro: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo».
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El alimento material es perecedero. Por eso el Padre, para acompañarnos y darnos fuerzas en nuestro caminar, no sólo nos envió a su Hijo para que nos enseñase el camino y el modo de recorrerlo, sino que por la fuerza del Espíritu el mismo Jesús se hace nuestro alimento que perdura: «Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera».
Otros “panes” sustitutivos son perecederos, quizá nos puedan sostener durante algún tiempo, pero volveremos a sentirnos “hambrientos”, abandonados, sin esperanza. Jesús resucitado, presente en la Eucaristía, es el verdadero Pan, que nos ofrece su «carne, para la vida del mundo».
Alimentados por Jesús, vamos haciendo realidad esa vida del mundo, porque es lo que nos permite desterrar de nosotros «la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad»; porque viviendo «en el amor, como Cristo os amó», vamos siendo «buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo», y así unos a otros nos vamos acompañando y dando fuerzas para continuar nuestro camino hacia la casa del Padre.

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